Vienen de lejos con las
maletas llenas de sueños. Ellos,
llenos de incertidumbres y esperanzas.
País ajeno, cultura ajena. Pasito a pasito vuelven a ser
niños aprendiendo a hablar esa lengua desconocida.
Los niños, tienen que hacerse adultos antes de tiempo empujados
por la realidad.
Los amigos y los abrazos se quedaron lejos. La comida ya no es familiar.
Comienzan a interpretar nuevos códigos, haciendo malabares
para insertarse en una cultura sin perder la propia.
Algunos comienzan con goles en contra. Cargaran la etiqueta de algún
semejante que se haya equivocado.
Si trabajan, están robando plazas a los nativos; si no trabajan,
están aprovechándose del sistema.
Algunos aunque quieran, no pueden volver a casa. Porque escapan
de una historia o bien la suya ya no existe.
El que emigro por elección, aunque no todo sea risa, es un
afortunado. Tiene papeles, existe. Goza de una gotita más
de respecto y es tan exótico como una guacamaya.
El que la vida lo empujo a emigrar, es otro cantar. Por lo general
no tiene papeles, no existe. Va escondiéndose de todo y de
todos, aunque sea honesto y ya este grande, cada día juega
a los policías y ladrones. |